Morena Guerrero: ¿una candidatura de consenso ante la polarización Félix-Beatriz?


José de la Paz Pérez

La renuncia de Estela Damián a la Consejería Federal ha dejado de ser un simple movimiento administrativo para convertirse en una variable política que podría incidir, indirectamente, en el proceso interno de Morena en Guerrero. 

En un escenario donde la competencia ya perfila a dos bloques claramente identificados (en primer lugar de las encuestas Félix Salgado Macedonio, y en segundo lugar Beatriz Mojica Morga) comienza a tomar fuerza una hipótesis que, aunque aún incipiente, resulta políticamente viable: la construcción de una candidatura de unidad.

La tensión entre Salgado Macedonio y Mojica Morga no es nueva, pero sí se ha profundizado conforme ambos consolidan presencia en las mediciones internas. 

Se trata de dos perfiles con estructuras y bases sociales distintas.

Salgado Macedonio, con un liderazgo consolidado en amplios sectores populares y una identidad política marcada; Mojica Morga, con capacidad de interlocución en distintos niveles. 

Ambos representan, en los hechos, proyectos que compiten fuertemente por la candidatura.

En este contexto, la posibilidad de que surga una tercera figura como factor de equilibrio cobra sentido estratégico. Es aquí donde el nombre de Estela Damián puede insertarse en el análisis, no necesariamente como favorita natural, sino como una opción funcional para desactivar tensiones.

Su principal fortaleza radica en lo que no representa: no pertenece a los grupos locales en disputa, no arrastra conflictos históricos en Guerrero y mantiene un perfil técnico-político que podría ser presentado como una alternativa de conciliación. 

En la lógica de Morena —donde la cohesión interna suele imponerse como criterio prioritario— este tipo de perfiles ha sido utilizado en otros procesos para evitar rupturas que comprometan la competitividad electoral.

No obstante, esta hipótesis enfrenta límites claros. El primero es territorial: Damián no cuenta con una estructura propia en Guerrero, lo que la obligaría a depender, casi por completo, del respaldo de la dirigencia nacional y de acuerdos cupulares. 

El segundo es político: tanto Salgado como Mojica difícilmente cederían sin condiciones ya que encabezan las preferencias. Y el tercero, quizá el más relevante, es simbólico: en un estado donde la identidad local pesa, una candidatura percibida como “externa” podría generar resistencias.

Aun así, en escenarios de alta polarización interna, la política suele privilegiar soluciones pragmáticas. Si las encuestas muestran una competencia cerrada o si el conflicto escala a niveles que amenacen la unidad del partido, la dirigencia nacional podría inclinarse por una figura que garantice gobernabilidad interna más que arraigo electoral inmediato.

En ese sentido, Estela Damián podría convertirse en una carta de negociación más que en una aspirante convencional. 

Su viabilidad no dependería de su posicionamiento en territorio, sino de su capacidad para ser aceptada —o al menos tolerada— por los grupos en disputa. Es, en términos estrictos, una candidatura posible sólo si los punteros se neutralizan entre sí.

El desenlace, como ha ocurrido en procesos anteriores de Morena, no estará determinado exclusivamente por las encuestas, sino por el resultado entre competitividad, gobernabilidad interna y alineación con el proyecto nacional. Si se exige una figura de consenso, el tablero podría moverse en direcciones hoy impensables.

Por ahora, la disputa sigue centrada en dos polos. Pero en política, los vacíos y las tensiones suelen abrir espacio para terceras vías. Y Guerrero, históricamente, ha demostrado que los escenarios aparentemente definidos pueden cambiar en el momento menos esperado.

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