José de la Paz Pérez /
En Guerrero, la batalla por la gubernatura de 2027 no parece estar, por ahora, en la oposición ni en una disputa cerrada entre bloques partidistas. La verdadera contienda se libra dentro de Morena.
Los números, las estructuras territoriales y el ánimo social colocan al partido guinda en una posición de amplia ventaja frente a cualquier otra fuerza política.
La marca pesa más que los nombres y, bajo esa lógica, la definición de la candidatura prácticamente equivale a definir al próximo gobernador o gobernadora del estado.
Por eso la guerra real no está afuera, sino en la mesa donde Morena decidirá quién encabezará el proyecto.
Ahí aparecen tres figuras centrales: Félix Salgado Macedonio, en un indiscutible primer lugar de todas las encuestas en las que es considerado; Beatriz Mojica Morga, como una competidora sólida en segundo término; y Esthela Damián Peralta, convertida en el tercer factor que altera la ecuación y que podría modificar el equilibrio interno.
Félix Salgado mantiene una ventaja que no puede negarse. Su presencia territorial, su capacidad de movilización y la conexión emocional que conserva con una parte importante de la militancia lo colocan como el puntero natural.
El apellido Salgado sigue siendo una estructura política por sí misma. Tiene base, tiene discurso, tiene historia y actualidad.
Sin embargo, Morena ya demostró en 2021 que una candidatura no depende únicamente de las encuestas ni del músculo político. La decisión final pasa por variables más complejas: género, acuerdos nacionales, estabilidad interna y, sobre todo, la voluntad del centro.
Ahí es donde Beatriz Mojica sigue siendo una figura competitiva. Su perfil institucional, su experiencia legislativa y su capacidad de interlocución con distintos grupos del partido la mantienen viva en la contienda.
Mojica no genera el mismo estruendo político que Félix, pero en Morena muchas veces pesa más la viabilidad que el ruido.
Y entonces aparece Esthela Damián.
Su reciente salida de la Consejería Jurídica federal no es un movimiento menor. En política, pocas renuncias son casuales. Su nombre comienza a circular con mayor fuerza porque representa una posibilidad distinta: una figura con cercanía al poder central, con capacidad de interlocución nacional y con la posibilidad de convertirse en una candidatura de equilibrio frente a los polos que hoy representan Félix y Beatriz.
Esthela no encabeza las encuestas, pero sí puede convertirse en la pieza que reordene el tablero.
Esa incertidumbre ha provocado un fenómeno silencioso dentro de Morena: la desorientación de la militancia.
Muchos operadores, liderazgos regionales y cuadros intermedios no saben todavía hacia dónde inclinarse. No quieren “abrirse de capa” demasiado pronto. Saben que en política adelantarse puede significar quedarse fuera. Hoy, más que convicción, predomina la cautela.
Sólo los más fieles se mantienen firmes con su aspirante. Los demás observan, calculan y esperan la señal.
Porque en Morena no siempre gana quien parece más fuerte en territorio, sino quien logra sobrevivir al momento de la decisión.
La gubernatura de Guerrero no se definirá en la plaza pública, sino en los acuerdos internos, en la lectura de Palacio, en las negociaciones silenciosas y en la interpretación de un mensaje que aún no termina de llegar.
Mientras tanto, la militancia espera.
Y en esa espera, todos sonríen, todos se disciplinan, todos se dicen unidos… pero todos saben que la verdadera disputa ya comenzó... y que se definirá en la mesa de Morena, no en la elección constitucional.
