José de la Paz Pérez /
Cuenta la leyenda —y el chisme también— que en el pueblito de Dolores la gente ya estaba más que encabronada: impuestos hasta por respirar, gachupines que se sentían dueños hasta del mole, y curas que en vez de sermones soltaban arengas con más pólvora que homilía.
El ambiente olía, efectívamente, a pólvora, a maíz cocido y a puro “¡ya estuvo suave!”.
El cura Hidalgo, que no era precisamente un santo, se la pasaba armando tertulias con vino y conspiraciones. Nomás que los españoles ya olían raro y sospechaban que algo tramaban.
Y aquel 15 de septiembre de 1810, a media noche, los amigos de la
conspiración ya estaban como pollos en Navidad: “¡Nos descubrieron, compadres,
ya valimos!”
Y ahí tienes al Hidalgo, medio despeinado, agarrando las llaves del campanario como si fueran las del coche, y que se trepa al campanazo.
Pero nada
de solemnidad. El hombre sonaba la campana como si estuviera llamando a
misa de gallo con tequila incluido: “¡Órale raza, alevántensen que ya empezó la
pachanga libertaria!”.
Los vecinos del pueblo de Dolores salieron en camisón, con el pelo parado y lagañas en los
ojos, porque nadie les avisó que esa madrugada no era de posada, sino de
armar desmadre patrio. Y ahí iban, armados con palas, machetes y hasta con molcajetes,
porque cada quien llevaba lo que había a la mano.
Hidalgo, con la voz aguardientosa y los bigotes revueltos, gritaba algo de la Virgen de Guadalupe, del maldito mal gobierno y de que había llegado la hora de romper cadenas, en otras palabras, que ya estaban ¡hasta la madre de la Madre Patria!
Nomás que varios no entendieron y pensaron que era anuncio
de fiesta patronal. Por eso la mitad iba a luchar y la otra mitad ya pedía
tamales.
La noticia corrió como pólvora: que el cura ya andaba llamando a levantarse, que Doña Josefa andaba pasando recaditos, y que Allende ya estaba más bravo que gallo de pelea.
Aquello no parecía un movimiento insurgente, parecía más bien
una kermés improvisada con mucho coraje y cero planeación.
Y lo más chistoso: no había plan maestro. Nadie dijo “primero esto, luego
aquello”. Nada. Era puro “¡Arre, vámonos recio contra los gachupines!”. Así,
con la estrategia que se organiza cuando los compadres se ponen jarra en la
cantina.
Pero entre el relajo, lo que sí hubo fue
coraje de sobra. La gente, cansada de pagar hasta por persignarse, ahora se
sentía como chamaco en feria: con energía, sin miedo, y con ganas de darle en
la torre al abusón del barrio, aunque el abusón viniera con uniforme y espada.
Dicen que hasta la Virgen de Guadalupe, desde su estampa, se quedó viendo como diciendo: “Bueno, muchachos, ya que andan con tanto entusiasmo, échenle ganas, pero no me dejen tiradero”. Y claro, los insurgentes prometieron portarse bien, pero terminaron armando un desmadre histórico de once años.
Y así, entre campanazos, gritos medio entendidos, y un pueblo que se levantó con más hambre de justicia que de desayuno, comenzó la pachanga más larga de la historia mexicana: la lucha por la Independencia.
Fue y es una fiesta que arrancó en pijama, con machete en mano y que todavía celebramos con pozole, tequila y una que otra lagrimita cada 15 de septiembre, al grito de ¡Viva México jijos del mais!
