José de la Paz Pérez /
Ayer miércoles 27 de agosto de 2025 pasará a la historia
como una de las jornadas más lamentables para el Poder Legislativo mexicano.
El pleno del Senado se convirtió en un ring de lucha libre
en donde se privilegiaron los insultos, los golpes, los empujones, las amenazas…
muy por encima del diálogo que, se supone, debería imperar en esas tribunas
creadas para el debate por excelencia.
Como es bien sabido, al concluir la sesión de la Comisión
Permanente, durante el canto a capela del Himno Nacional, la tribuna del Senado
se convirtió, no en escenario de diálogo democrático, sino de violencia
callejera.
Alejandro Moreno Cárdenas (Alito), dirigente nacional del
PRI, y el senador morenista, Gerardo Fernández Noroña, protagonizaron una
escena de agresión física y empujones, en la cual el priísta además lanzó
puñetazos y golpeó a un colaborador de Noroña, el camarógrafo Emiliano González
González, quien resultó herido, lo cual podría derivar en una denuncia penal.
Contexto
El conflicto inició cuando Alito reclamó A Noroña por no
haberle concedido la palabra en la sesión. En medio del canto del Himno, subió
a la tribuna y, tras un forcejeo verbal, se desató la confrontación física.
Otros senadores del PRI también intervinieron violentamente,
como Carlos Gutiérrez Mancilla, quien jaloneó y golpeó a Noroña
Noroña, indignado, anunció que presentaría denuncias por
lesiones, amenazas de muerte y daño a propiedad ajena, y pidió que la Fiscalía
General de la República (FGR) determine responsabilidades. Por su parte, Moreno
justificó su acción argumentando que Noroña lo había "jaloneado
primero" y calificó el incidente como parte de una estrategia política de
Morena
Implicaciones
Este episodio desnuda varias preocupaciones profundas:
Violencia como herramienta política. Lo que debería ser un espacio para el debate y la deliberación respetuosa, se transformó en un choque de cuerpos y egos. Esto representa un ataque al principio mismo de la política representativa: convencer con razones, no imponerse con golpes.
A esto hay que agregar el deterioro del Estado de Derecho y la
erosión de la institucionalidad democrática.
Cuando los líderes políticos recurren a la fuerza física en
lugar de la palabra, ponen en peligro la igualdad republicana y debilitan la
confianza del pueblo en sus instituciones.
Una reflexión
Este incidente exige una revisión profunda de los mecanismos
de gobernabilidad y responsabilidad dentro del poder Legislativo. No basta con
remitirlo a una anécdota aislada; se requieren protocolos estrictos y sanciones
claras frente a la violencia física entre legisladores.
Asimismo, el Senado debe recuperar su condición de espacio
de civilidad y estructura republicana.
En un momento en que México enfrenta retos urgentes
—seguridad, economía, justicia social— el Congreso no puede permitirse
semejantes retrocesos. La política no debe tolerar que la fuerza física
suplante al discurso.
Este acontecimiento, grave en fondo y forma, marca una línea
roja que no debe volverse a cruzar. El Senado y los partidos deben asumir la
responsabilidad de restablecer la dignidad institucional.
Por cierto, hasta estos momentos no he escuchado o leído que
alguno de los dos… o los dos, ofrezcan disculpas al pueblo de México porque,
haya comenzado quien haya comenzado la agresión, ambos hicieron un papel
indigno de dos representantes populares que dicen trabajar por el bien de nuestro
país.