Caminos que nacen desde abajo: gestión de Marisol Bazán transforma la zona alta de Acapulco


José de la Paz Pérez

En las laderas donde el concreto se mezcla con la tierra suelta y la esperanza camina cuesta arriba, hay huellas que no pertenecen a una sola persona. Son pasos colectivos, firmes, que han ido abriendo camino donde antes sólo había abandono.

Ahí, en la zona alta de Acapulco, la transformación no ha llegado en discursos, sino en manos: manos que cargan grava, que levantan piedra, que colocan luz en medio de la oscuridad.

En ese escenario, la diputada local de Morena por el IV Distrito Electoral, Marisol Bazán Fernández, ha encontrado algo más que una agenda política: una causa compartida.

Su presencia constante en las colonias no es una discurso construido desde la oficina, sino una práctica que se reconoce en el terreno. Camina, escucha, regresa. Y en ese ir y venir, se ha tejido una relación que no se impone, sino que se construye con la gente.

Porque si algo ha marcado la labor de la diputada morenista, es la convicción de que los cambios reales no se decretan: se trabajan.

Con el respaldo de vecinas y vecinos, Marisol Bazán ha logrado abrir y cimentar caminos que antes eran apenas senderos de riesgo; veredas que hoy permiten transitar con mayor seguridad; escalinatas que conectan hogares antes aislados por la geografía. 

Cada obra lleva implícito el esfuerzo colectivo, pero también una forma distinta de hacer política: cercana, tangible.

Bazán Fernández lo reconoce sin rodeos: nada de esto sería posible sin la participación de la ciudadanía. Y en ese reconocimiento hay un matiz importante: no se trata de asistencia, sino de colaboración.

Quizá por eso su historia personal no es un elemento menor. Nieta de uno de los sobrevivientes de la llamada guerra sucia en México, su formación política no nace del privilegio, sino de la memoria. De una herencia marcada por la resistencia y la lucha social, que hoy se traduce en una manera particular de entender el servicio público.

Esa memoria, dice, es también una forma de empatía. La misma que le permite mirar de frente a quienes viven en condiciones adversas y no reducir sus necesidades a cifras o promesas.

En las colonias del puerto, esa empatía ha tenido efectos concretos. La reparación e instalación de luminarias, por ejemplo, no solo ilumina calles: devuelve cierta tranquilidad a las familias. Porque en zonas donde la noche suele ser sinónimo de vulnerabilidad, encender una luz también es una forma de recuperar el espacio.

Bajo la premisa de hablar con la verdad y mantenerse presente, la legisladora ha insistido en que su trabajo no puede desligarse del territorio que representa. Y en ese sentido, su labor se ha enfocado especialmente en las zonas más olvidadas.

No hay épica en el discurso, pero sí en los hechos cotidianos. En cada escalón construido, en cada foco encendido, en cada camino que deja de ser peligro para convertirse en seguridad.

Porque al final, en esos puntos donde la ciudad parecía terminar, hoy comienza algo distinto: una forma de organización donde la política deja de ser lejana y se vuelve, otra vez, un asunto de todos.

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